La cueva
Esa noche lluviosa de finales de mayo, Carlos a diferencia de muchos de sus amigos de la Universidad, se encontraba leyendo un libro sobre historias mágicas desde su computador en su habitación del 3243 de la Calle 18. Parecía ser un chico normal con los problemas comunes de un chico, pero siempre se preguntaba que era ser normal, lo que no era del todo ordinario.
Carlos como pocos de sus amigos, se había quedado en la pensión de estudiantes donde vivía a pesar que la Universidad llevaba cerrada más de un mes a causa de un paro de Universidades publicas que el presidente pretendía ignorar para evitar hacer aclaraciones vergonzosas sobre sus planes de gobierno.
Un rayo retumbaba en el cielo cuando escuchó su celular sonar. Ya siendo casi las nueve de la noche Ángela llamando… Ángela llamando…lo dejó sonar varias veces sin poderlo creer. Ángela era una estudiante de Ingeniería Industrial que no hablaba con el hacía mucho tiempo ya. Se apresuró a contestar precediendo la entrada a buzón de la llamada.
-Aló, ¿Quién habla?-dijo la voz de la que parecía ser la voz de Ángela con algunos tragos encima y con música a alto volumen al fondo.
-Hola, ¿A quién está llamando?-preguntó Carlos incrédulo y dudando que fuera ella realmente. Nunca había escuchado su voz en otro contexto fuera de la Universidad.
-Carlos, soy Ángela ¿Dónde estás?- dijo en un tono festivo como si lo conociera de toda la vida- Estoy en una fiesta increíble creo que deberías venir, estoy en LA CUEVA- gritaba ahora para que su voz prevaleciera sobre la música que tocaba una pegajosa salsa.
-Ángela, hablas en serio- poniéndose de pie y caminando entre las altas paredes de su cuarto de pequeñas proporciones- ¿quieres que te encuentre allá?- dijo Carlos esta vez emocionado- Espérame- apuntó con gran contento.
Carlos siempre había sentido atracción hacía Ángela y creía esta su oportunidad para mostrarle de que estaba hecho y si tenía suerte esa noche saldría de ser un simple conocido para Ángela. Carlos pensó un poco antes de continuar con sus planes, lo inundaron muchas preguntas que no se había hecho antes como ¿Con quien estaba ella? ¿sería que estaba con alguien?¿Cómo haría para encontrarla entre toda esa gente?, y lo mejor ¿Cómo haría para costear la ida?, siendo que para el mes del que todavía faltaban seis días solo tenia unos cuantos miles de pesos con los que solo podría pagar una cerveza y asegurar el transporte.
Decidió irse a pie hasta la cueva que quedaba a solo siete cuadras de la casa de estudiantes donde vivía, cerca de la Universidad. Se vistió apresuradamente con los jeans menos desgastados y la camisa que le gustaba llamar de fiesta, pero a las que nunca iba. Fue al baño donde se peinó y se echó su perfume preferido La coste essential. Salió de la casa y tiró la puerta de un golpe haciendo retumbar los vidrios de la ventana y supuso que los de su cuarto también.
Caminaba como un zombi, sin poder creer a donde se dirigían sus pasos, porque sabía donde quedaba el sitio, pero en su vida lo había pisado. No podía creer que por fin vería a Ángela, la chica de los ojos verdes, fuera del salón de clases y realmente ella lo había invitado y llamado por su nombre. Iba tan embelesado apenas dándose cuenta que una tormenta se acercaba y el viento se ensañaba con los árboles a su alrededor
Cuando estuvo en la entrada de LA CUEVA pagó el cover, que literalmente lo dejó sin un peso, pero afortunadamente decía ser consumible y se acercó a la barra para hacerlo efectivo. Le alcanzó sólo a comprar una cerveza (la mas barata, por supuesto) y miró a todas partes contemplando la decoración que hacía parecer la antigua casa colonial en físicamente una cueva, con las paredes cubiertas de piedras de colores oscuros y brillantes, mesas de madera rústica que se amontonaban para dar cabida a todos los clientes, pero lo que más notó fue un olor profundo a cigarrillo y sudor que no podían ser ocultados por el aire acondicionado ni el aromatizante con olor a pino que utilizaban.
Después de tomar un trago de su cerveza empezó a buscar con desesperación en el primer piso la mesa de Ángela entre los cuerpos que bailaban en la pista y los meseros que intentaban en vano atender a todas las personas que alzaban sus manos, pero no la encontró. Subió al segundo piso y evadió las pisadas de una pareja que bailaba entre las mesas y detrás de ellos, en el rincón, se encontraba ella con unos jeans ajustados a su cuerpo y una camisa pequeña que seguramente había costado más que lo que Carlos recibía en su mesada. Estaba en pie mirando a todos lados buscando a alguien sus ojos se posaron en él durante un segundo, su boca le sonrió en un centelleo de las luces, y siguió buscando.
Carlos indignado se acercó a ella y le preguntó al oído (era la única forma de que lo escuchará entre la música) - ¿No me estabas esperando?- La miró a la cara nuevamente.
-No, ¿de que hablas?- dijo ella negando con la cabeza- estoy esperando a un amigo.
La mente de Carlos empezó a aclararse poco a poco y todo empezó a tener sentido. Comprendió porque seguramente lo había llamado.
Se acercó al oído de Ángela nuevamente y le dijo- ¿de casualidad tu amigo se llama Carlos?- con un tono de resignación.
-¡Sí, ¿lo conoces?, ¿lo has visto aquí?!- gritó para que él la escuchara- Estoy esperándolo, hace mas de media hora que lo llamé al celular- dijo, al parecer pidiendo una explicación.
-¡No lo conozco, pero creo que deberías llamarlo nuevamente porque al que llamaste fue a mí!- dijo pero esta vez gritando y ya no dirigiéndose a su oreja sino a su cara. – ¡Adiós!- gruñó y se marchó mientras veía que la boca de ella modulaba un “lo siento”, pero estaba seguro que no era sincera porque al mismo tiempo sacaba de su bolsillo el celular, que obviamente tenía lo último en tecnología digital, para llamar al auténtico Carlos.
Al terminar su cerveza salió de LA CUEVA sin mirar a nadie a la cara mientras salía. Se preguntaba ¿cómo pudo ser tan iluso? ¿Por qué no pensó eso antes? ¿Por qué habría de llamarlo una mujer que apenas conocía a su celular para invitarlo a rumbear? Era asombroso lo desesperado que estaba por conseguir una chica.
Salió de la cueva lo más rápido que pudo y se sentó en la acera simplemente procesando todo lo que había pasado, mientras veía el tráfico reducirse y los carros aparcar frente a la discoteca, mientras el tiempo pasaba.
Media hora después llegó un lujoso carro gris. El carro tenía vidrios polarizados y con la pintura reluciente, parecía haber salido del concesionario. De él bajo un joven que no parecía ser mayor que él y le dirigió una mirada de desprecio a Carlos. Ángela, que acababa de salir a la puerta, no se dio cuenta que él todavía estaba ahí y caminó hacía el muchacho que bajó del carro y le dio un beso en la boca que dejó a Carlos pasmado. Lo tomó de la mano y subieron las escaleras que llevaban a la barra de LA CUEVA perdiéndose entre la gente.
Ese era el auténtico Carlos. Era mucho más alto que ella y su cara y cuerpo eran lo que para la gente de ahora sería perfecto, como sí comiera muy bien y luego lo quemará en uno de esos gimnasios light. Su ropa era por lo común la más costosa, de aquella que se ven en los aparadores de los centros comerciales, y su sonrisa más blanca que la luna llena que iluminaba esa noche. Nada más alejado de Carlos, que con su estatura apenas lograba pasar a la ya de por sí alta Ángela.
Después de esa escena Carlos decidió volver a casa a paso lento, pero seguro que no quería regresar a la cueva nunca más.
La ruidosa calle en frente de la Universidad se encontraba desierta esa madrugada y silenciosa. El sonido proveniente del bar había cesado y solo se escuchaban ecos de voces emocionadas a la distancia. Las luces amarillas del alumbrado público daban un aspecto lúgubre y una de las luces lejanas parpadeaba erráticamente. El frío de la noche congelaba los huesos y las nubes de lluvia cubrían ya la luna.
Necesitaba llegar rápido a casa antes que se desatara la tormenta y solo le faltaban tres cuadras para llegar. Le aterraba el hecho que eran las más oscuras y el barrio no era bien conocido por su seguridad, sin embargo ese era el camino más rápido. En realidad no quería que su ya desastrosa noche terminara con él empapado y llorando en su habitación después de tremenda desilusión.
Metió sus manos en los bolsillos de la chaqueta y caminó lo más rápido posible sin siquiera oír sus pasos, sólo podía escuchar su respiración agitada y uno que otro trueno que seguía a la iluminación total de las calles por la centella.
Al cruzar la segunda calle y a tan sólo una cuadra de casa vislumbró a 20 metros de distancia dos figuras negras y el miedo lo asaltó. Las figuras hablaban despacio y a muy bajo tono, sin embargo el las podía escuchar claramente. Camino despacio y sigilosamente sin detenerse, pero las figuras no parecieron notar su presencia porque seguían hablando y esta vez más alto. Entonces, se detuvo y se arrodilló en el suelo detrás de un arbusto floreado.
-No estoy de acuerdo-dijo la figura más alta.
-¡Nadie le preguntó! Sabe que tenemos que hacerlo, usted más que nadie sabe cuanto necesitamos esa platica – le contestó la otra – No podemos dejar de tomar el riesgo- dijo la segunda figura.
Cayó un relámpago e ilumino los cuerpos de las figuras y Carlos pudo observar por menos de un segundo sus caras. Ambos eran de mediana estatura, uno un poco más alto que el otro, que además era moreno y corpulento con una cicatriz que marcaba una de sus mejillas. El otro era blanco y flaco con la cara demacrada y al parecer muchos días sin afeitar.
-Bueno, entonces ¿Cuándo?- dijo el más alto.
El jueves, es el día menos agitado de la otra semana- respondió- Ya casi puedo sentir el olor de esa pasta en mis manos.
Carlos se quedo otro rato en silencio y sospechó que lo que hablaban no podría ser más nada que un robo. Era difícil pensar que era otra cosa con la apariencia de los sujetos.
-No le parece un poco apresurado, podríamos pensarlo con un poco más de tiempo, planearlo, saborearlo, darnos tiempo para preparar todo- dijo el mas flaco casi rogando.
-¡No!, y si no quiere hacerlo fácilmente puedo encontrar alguien que lo haga por usted. Debe haber miles de personas en la loma que querrían participar del botín, porque robar un banco si que deja plata- Enfatizó señalando la maltrecha cartera que acababa de salir de su bolsillo y en la que desde la distancia no se podía ver ni un peso.
-Pero soy su hermano, no me puede reemplazar así de fácil- chilló el más alto.
-Míreme-dijo la figura rechoncha alejándose mucho más rápido.
El flaco le siguió a grandes zancadas y lo alcanzo ya al final de la calle. Carlos todavía podía oír su conversación esta vez aminorada por el sonido de un trueno. Se quedo unos segundos más y pensó que si podía evitar ese robo lo haría, pero cuando se decidió a seguirlos ya no había rastro de ellos y gotas grandes de lluvia estaban empezando a estrellarse contra el pavimento, mojando rápidamente todo lo que se encontraba cerca.
Carlos corrió rápidamente a la puerta de su casa que se podía ver pobremente iluminada por la luz del alumbrado, sacó sus llaves y abrió la puerta. La casa era apenas menos sombría que la entrada a la casa, pero aún así no le importó, caminó lentamente por la sala común evitando chocar con los objetos arrojados alrededor por algún pensionado y entro a su cuarto.
Carlos tenía tantas cosas que pensar, ¿Qué haría para evitar el robo?, ¿Qué haría para escaparse del sufrimiento que la imagen que vio en LA CUEVA le removió? Era como lo diría su mejor amiga en la Universidad, Marcela, “too much information”. Durmió sin soñar nada esa madrugada y espero que todos los pensamientos que habían cruzado por su cabeza se desvanecieran para la mañana siguiente.
Durante la noche llovió y el frío le mantuvo los pies fríos toda la noche y así mismo sus pensamientos. Lo vivido la noche anterior parecía ya un mal recuerdo.
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